Tudela de Duero se queda sin sus pequeños comercios a medida que estos cierran y no se traspasan, porque la realidad de los negocios locales es cada vez más precaria
LA CLARI ABRE SU ZAPATERÍA, por las tardes, a eso de las 17:30. Si te asomas a saludar, siempre tiene unas palabras amables. Si buscas un buen calzado, te agarra de la mano con dulzura y te conduce hacia el interior. No le hacen falta muchos detalles, con solo una idea de lo que estás buscando, ella misma te ayuda a elegir a la perfección, pues sabe lo que más le conviene a tus pies con sólo observar y charlar. Es un talento exclusivo de una zapatera de pueblo como ella. Aquí, en Tudela, es la única.
Este trato tan cercano no se encuentra ya en casi ninguna parte. «A mí no me importa dejarte unos pares para que te los pruebes en casa», asegura Clara Cobos, que así se llama la dueña de Calzados Ofiusa, aunque todos la conocen como «la Clari«. «[Las señoras] A veces vienen, se sientan y te cuentan su vida», continúa, «Con que yo las escuche, ellas se van más tranquilas. Para eso estamos. Eso es lo que no hay en las tiendas de Valladolid».
Allí, a la ciudad, van a parar, inevitablemente, los gastos de casi todos los habitantes de los pequeños pueblos pucelanos. La esperanza es ínfima para los propietarios de comercios locales, incluso para los de «toda la vida». Porque, de hecho, aquellos que han nacido en los últimos años suelen acabar dándose por vencidos apenas empiezan. «Están las cosas muy mal», asegura Clari.
Su tienda lleva abierta más de 30 años, cuando regresó de trabajar en las Islas Baleares y la fundó con su cuñada. El nombre de «Ofiusa» viene de la palabra griega para Formentera (Ὀφιοῦσσα, ophioūssa) y la zapatera asegura que la gente se lo aprendió por casualidad, porque le pusieron ese mote a su hijo en la escuela. Pero, como también admite, «En los pueblos lo que funciona es el nombre de uno, como “donde Chuchi”».
A pesar de llevar tantos años sacando adelante el negocio, procurando vender tan sólo marcas españolas y productos de calidad, en este momento, Clari está liquidando porque queda poco para su jubilación y aún no tiene a quién traspasar el local. Su caso es el de otros tantos autónomos cuyos hijos no pretenden continuar el negocio familiar, y es que la situación de los pequeños comercios no anima a invertir en ellos. «En estas tiendas te sacas el sueldo y punto, no dan para más», explica la zapatera. «Encima, no tienes vida propia. No tienes vacaciones. En el pueblo, es lo que tenemos, hasta te llaman a casa y tienes que estar disponible las 24 horas».

EN LA SIGUIENTE CALLE, ESTÁ MERCHE, la charcutera, con su inconfundible cabello rizado y su amplia sonrisa. Su comercio lleva menos años en el pueblo, unos ocho, pero es tan conocido como cualquier otro (o incluso más). En un cartel colgante junto a la entrada reza «Charcutería Merche, jamones y cosas ricas«.
M.ª Mercedes Díez (nombre real de la charcutera, por el que nadie la conoce en el pueblo), fundó este pequeño negocio porque deseaba tener una tienda propia, un sueño cada vez más caro para las nuevas generaciones de autónomos. Casi siempre ha trabajado sola, salvo las veces en que su marido le echa una mano, pero nunca ha podido contratar a nadie. «La tienda va bien», asegura, pero tener trabajadores es demasiado caro.
Merche, así como Clari, procura vender productos locales, que son la mayoría de los que tiene en la tienda. Pero, con la precariedad del sector primario, en los últimos tiempos, ha tenido que recurrir a alguna que otra gran empresa. «Lo que yo noto», explica, «es que todos los artesanos con los que trabajo, cuando se van haciendo mayores, no tienen a nadie que les sustituya, porque los hijos ya no quieren seguir el negocio (…) y al final nos toca trabajar con grandes empresas».
Por su parte, tiene pensado alquilar el negocio cuando se jubile, porque tampoco sus hijos tienen intención de quedarse con él. Y admite que es duro y que, económicamente, no es proporcional el tiempo trabajado con los beneficios ni con la jubilación. «Es muy esclavo. Cuando eres autónomo, haces muchísimas horas y no te queda nada», y la subvención de la Seguridad Social para las bajas es igualmente escasa, «Yo he estado de baja cinco meses, porque me rompí la pierna, y la ayuda me dio justo para pagar la luz».
Sin embargo, nunca ha barajado la opción de cambiar de negocio. «Me gusta mucho mi trabajo – asegura. Es lo que he hecho toda la vida, no sé hacer otra cosa que trabajar en la charcutería».
Actualmente, le va bien. Pero, sin duda, y por crudo que parezca, la mejor época para su negocio fue el año de la pandemia (2020-2021). Esto no lo afirma sólo Merche, sino otros propietarios de comercios locales. La lógica es muy sencilla: la gente apenas podía salir del pueblo y tenía que comprar en sus tiendas mucho más que antes, inclusive en la charcutería.
Merche está segura de que sus productos gustan a la gente, pero, sobre todo, les agrada, dice, «que yo los trato de otra manera, no como en un gran supermercado en el que son sólo un número. Aquí se le da confianza a la gente». Y es, precisamente, el trato con el público lo que encuentra más atractivo de su trabajado. «Me gusta muchísimo hablar y conectar con la gente», admite. «Yo soy así».

Pero COMERCIO TAN ANTIGUO COMO EL DE LAS HERMANAS no queda ya en Tudela, si acaso, un par de ellos.
La Droguería Hermanas García es un negocio familiar, situado en la calle principal, con más de 40 años de historia. A veces, lo llaman “Ecodrog”, porque fue la marca farmacéutica que durante años ha estado en su fachada, pero que, en realidad, no tiene nada que ver con el negocio. Sin embargo, este rincón del pueblo sigue siendo “donde las hermanas”.
Mariano García, su padre, fue quien fundó la tienda allá por 1984 y sus hijas, Victoria y Guadalupe (“Lupita”) – esta última, jubilada -, han cargado con la fama del nombre hasta el día de hoy.
Antes de ser droguería, por este local transitaron muchos otros negocios: primero, un videoclub, que duró tan sólo un año. Después, un supermercado Único, de la cadena IFA. A finales de los noventa, un SPAR. Finalmente, hace casi 30 años, se convirtió en lo que es ahora, una droguería. Tantos cambios fueron fruto de las necesidades económicas de la familia en cada momento, pero también de los cambios en el consumo de los tudelanos.
Victoria piensa que el tiempo en que fue un supermercado SPAR fue la mejor época: «al menos comíamos y nos sobraba algo». Pero apunta que no solo influye el tipo de local, sino la zona. «En cuestión de cuatro o cinco años, este pueblo no va a tener tiendas», se lamenta. La realidad es que mucha gente prefiere ir antes a la ciudad que acercarse a los pequeños comercios de Tudela. La droguera cuenta la cantidad de veces que le llegan clientes diciendo «pero si tienes aquí este producto y he dado mil vueltas por Valladolid buscándolo” y, entre la rabia y la resignación, señala: «esto pasa por darse el viaje a la ciudad antes de buscar aquí en el pueblo. Que, además, si no tenemos, nosotros siempre lo pedimos por encargo».
Su negocio fue de esos que vivieron la misma experiencia que la charcutería durante la pandemia. «Está feo decirlo – admite – pero, en 2019, hablamos con el gestor pensando en cerrar y, si no fuera porque la gente empezó a comprar en Tudela, no hubiéramos subsistido. No daba esto como para tirar cohetes, pero sí para sobrevivir».
Victoria es la última persona de la familia en cuya dedicación se sustenta el negocio. «Mis chicos no quieren seguir con esto y yo, la verdad, encantada». Aunque sus padres siempre fueron partidarios de no vender el local, sino conservarlo en la familia, ahora mismo, ella no cree que pueda ser fiel a su voluntad, teniendo en cuenta la situación familiar y la del pueblo. «Si viene un loco y me lo quiere comprar, ahora mismo se lo vendo. No sé si me apetece traspasarlo, últimamente se escuchan tantas cosas raras (…) hay que tener mucho cuidado y mucha suerte».
A pesar de todos los momentos difíciles y de los obstáculos propios de ser autónomo, la familia ha seguido adelante con el negocio muchos años y Victoria se lleva consigo la satisfacción de «seguir estando con la gente, el poder servirles». «Mi padre – recuerda – siempre decía que había que servir a la gente, por eso le tenían tanto aprecio».

El placer de hacer lo que les gusta y el trato cercano, que no se encuentra en las grandes ciudades, son quizás los beneficios más seguros que pueden obtener los autónomos de pequeños comercios locales. En Tudela, la gran mayoría sobrevive, sin grandes aspiraciones. Muchos ya han cerrado para siempre. En cuanto al resto, el tiempo dirá si quedará a flote alguno de ellos, si aún podrá uno ser cliente o sólo un número en las grandes tiendas.



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