La etóloga británica que revolucionó el concepto de ‘ser humano’ en los años 60 continúa más firme que nunca en su compromiso con la naturaleza y las personas
Los inicios: ¿Quién es Jane Goodall?
EN EL AÑO 1960, una joven inglesa arribó a las costas de Gombe, Tanzania, destinada a emprender una investigación de campo sobre los chimpancés con la acreditación de su única destreza científica: un amor inmenso por la naturaleza. Sus estudios finalizarían 26 años después, pero sus aportaciones y su fama mundial perdurarían hasta el día de hoy, en la celebración de su 90º cumpleaños.
De tal manera ha dejado su huella en este mundo la doctora Jane Goodall, cuya gran aventura comenzó con un pequeño sueño y fruto, prácticamente, de la casualidad.
NACIDA VALERIA JANE MORRIS-GOODALL, en Londres, 1934, en una familia de clase media, las expectativas para Goodall eran las de cualquier mujer de la época: casarse y formar una familia. Sin embargo, su pasión temprana por los animales, motivada por la lectura y el apoyo de su madre, la alejaría del camino corriente, cultivando en ella un profundo deseo de viajar a África. Pero la realidad bélica de mediados de siglo y una situación económica dura para la familia obligó a la joven Goodall a desistir de los estudios universitarios. En su lugar, se matriculó en una escuela de secretariado, de la que se graduó en 1952.
Cuando la vida parecía llevarla por senderos que quizá no había deseado, inesperadamente, Goodall comenzó a palpar su sueño de la infancia en un viaje turístico a Kenia, donde conoció al célebre antropólogo Louis Leakey. Enseguida el doctor percibió en la joven una aptitud innata para la observación científica y la comprensión de la naturaleza, de modo que le consiguió una beca para estudiar a los chimpancés salvajes y sus semejanzas con los humanos, en un proyecto del propio Leakey. Lo que descubrió Goodall en dicha misión fue tan revolucionario que redefiniría principios de la biología y la antropología, y situaría a Goodall como una de las mayores referentes científicas de su campo.
Llegada a Gombe y primeros meses de exploración
Jane Goodall llegó a la reserva de Gombe Stream el 14 de julio de 1960. En palabras de la escritora Karen Karbo, «se había embarcado en un improbable objetivo vital y suponía que estaba capacitada y cualificada para hacer cosas que el mundo insistía en que no podía hacer».
LOS PRIMEROS MESES de su larga estancia en Gombe fueron frustrantes con respecto a la investigación que debía llevar a cabo. Al principio, Goodall se propuso estudiar y familiarizarse con aquel entorno salvaje, para luego buscar durante semanas a los sujetos de observación y, una vez localizados, tratar de acercarse a ellos sin éxito durante casi un año. «Cuanto más pensaba en la tarea que me había impuesto, más me desesperaba», confesó Goodall en su primer libro: En la senda del hombre. «Y, sin embargo, aquellas semanas me fueron de gran utilidad, porque conseguí familiarizarme con el terreno […]. Mi piel se endureció […] y mi sangre se hizo inmune a la picadura de la mosca tsetsé […]». Karbo observa: «No cuestionaba su competencia solo porque su misión pareciera imposible a veces».
Acercamiento a los chimpancés y grandes descubrimientos
GUIADA POR SU INTUICIÓN, la joven exploradora ubicó a la manada de chimpancés que había buscado por tanto tiempo. Su primer contacto con esta no fue directo, sino que progresivamente se fue estrechando el espacio que separaba a la exploradora de los primates desconfiados, que acabaron por aceptarla como una más de la familia.
Goodall no tardó en poner nombre a cada uno de sus nuevos amigos. Pero lo que puede parecer una práctica inocente y familiar resultaba molesto a algunos científicos y catedráticos. Nombrar a los animales era motivo de burla en el ámbito de la ciencia, pues era preferible asignar números que antropomorfizar a tales sujetos de estudio. Ante esto, Goodall se pronunció en defensa de la naturaleza singular de los chimpancés, tras años observando cómo se relacionaban entre ellos. «No puedes compartir tu vida de forma significativa con ningún tipo de animal con un cerebro razonablemente desarrollado y no darte cuenta de que los animales tienen personalidades», escribiría años más tarde.
PERO SUS DESCUBRIMIENTOS FUERON MÁS ALLÁ del ámbito psicológico. Durante uno de sus episodios de observación, Goodall se encontró con una escena fascinante: uno de los chimpancés introducía una brizna de hierba en un termitero, la sacaba después llena de termitas pegadas a ella y devoraba los insectos. Otro comportamiento igual de curioso fue el de emplear una hoja como esponja para beber agua. Hasta la fecha, se aceptaba como rasgo exclusivo del ser humano la capacidad de fabricar y utilizar herramientas. El hallazgo de Goodall cambió para siempre esta premisa e hizo que Leakey proclamase: «ahora debemos redefinir “herramienta”, redefinir “hombre” o aceptar a los chimpancés como hombres».
En otros aspectos también habría que modificar las concesiones científicas sobre estos primates, como en su alimentación. El testimonio de Goodall reveló que los chimpancés no son vegetarianos, como se asumía, sino omnívoros, como los humanos, pues en su dieta también incluían carne que, de hecho, cazaban.
Uno más de la larga lista de hallazgos que legó al mundo la etóloga está relacionado con el comportamiento más elemental de los primates: la guerra. Las manadas participan en brutales conflictos y, de hecho, el primer dato de una contienda prolongada entre primates no humanos está registrado justamente en Gombe, en 1974, y su duración es de unos cuatro años. En este sentido, existe un gran interés para el homo sapiens en el estudio de los chimpancés, con quienes comparte el 98 % de su ADN.
LA CULMINACIÓN DE LOS PRIMEROS 20 AÑOS años de investigación de Goodall fue su libro «Los chimpancés de Gombe: patrones de comportamiento«, que marcó un hito en la comprensión de los chimpancés y, por ende, de la propia especie humana.
EL IMPACTO DE ESTOS AVANCES se extiende por un amplio campo de disciplinas científicas, en las que no solo está la etología (el estudio de los animales en su hábitat y nicho natural), sino también la evolución humana, la antropología, la psicología, la sociología, la conservación, la transmisión de enfermedades, etc.
«Los chimpancés no solo me enseñaron, sino que a través de mí pudieron abrir la ventana de la mente científica», confesó Goodall en una entrevista a National Geographic España. «Gracias a los chimpancés, la ciencia se ha dado cuenta de que no somos los únicos seres del planeta con personalidades, mentes y emociones. No estamos aparte, sino que formamos parte del reino animal. Nos han enseñado humildad».
Mundialmente reconocida
EN 1962, el fotógrafo holandés Hugo van Lawick (quien más adelante se desposaría con Goodall) rodó Miss Goodall and the Wild Chimpanzees, el primer documental producido por la Sociedad National Geographic, que visibilizó los descubrimientos de Goodall y le garantizó reconocimiento mundial. Su primer artículo se publicó en 1963 y fue portada de National Geographic en 1965.Desde entonces, su trabajo en la revista se ha mantenido con más frecuencia que el de ningún otro científico. Hasta la fecha, la etóloga ha escrito decenas de libros sobre la conducta animal, los chimpancés, y la conservación.
«Una mujer sin credenciales había redefinido el significado de ser un hombre», escribió Karbo. Louis Leakey peleó para que aceptaran a Goodall en el programa de doctorado en etología de Cambridge, pese a que, antes de convertirse en una de las biólogas más importantes del mundo, no había estudiado en la universidad. Y lo consiguió. Allí, Goodall tuvo por tutor a Robert Hinde, especialista en etología, quien comportó gran influencia en el pensamiento de la joven científica y se ganó su admiración.
EGRESADA DE CAMBRIDGE como doctora en su campo y con una incipiente fama mundial, Goodall decidió utilizar su potente voz y sus conocimientos para crear en 1977 el Instituto Jane Goodall, una asociación sin fines de lucros dedicada a «comprender y proteger a los chimpancés, así como a otros grandes simios y sus hábitats, e inspirar y empoderar a las personas para hacer del mundo un lugar mejor para los animales y los humanos, en un medio ambiente saludable». Desde entonces, Goodall es un referente mundial de la ciencia como del activismo medioambiental y por ello ha sido galardonada en numerosas ocasiones. En 2002 fue nombrada ‘Mensajera de la Paz’ por la Organización Mundial de las Naciones Unidas (ONU) y ‘Exploradora en Residencia’ de la Sociedad National Geographic. También, en 2003 recibió el Premio Príncipe de Asturias.
Compromiso y esperanza
Tras comprender de primera mano la amenaza que enfrentan los chimpancés y el medio ambiente, Goodall decidió dedicar su vida a concienciar al mundo entero sobre la necesidad de actuar para proteger la naturaleza.
EN 2017, en honor al estreno de La guerra del planeta de los simios, 20th Century Fox se asoció con el Instituto Jane Goodall para proporcionar atención a chimpancés rescatados en los llamados ‘lugares santuario’, lo que benefició mucho a los primates. Ese mismo año, se lanzó el documental de National Geographic Jane, sobre la vida, investigación y compromiso medioambiental de la científica británica.
Tres años más tarde, el medio produjo otro largometraje, titulado Jane Goodall: la gran esperanza, donde traza la evolución del trabajo y la perspectiva de la etóloga a lo largo de tres décadas como activista. En un momento de crisis medioambiental, Goodall se ha propuesto cultivar la esperanza en las nuevas generaciones, y su voz llega hasta Zanzíbar, Silicon Valley y la realeza británica. «Creo que existe un margen de tiempo en el que, si todos colaboramos, podremos empezar a remediar parte del daño infligido. Pero ese margen es cada vez más estrecho, es urgente que colaboremos ahora y que cada uno aporte su granito de arena», explica Goodall.
UNA DE SUS ARENGAS MÁS SONADAS es aquella a la labor individual que las personas pueden realizar para mejorar el mundo. «Think locally» (piensa en sentido local), pide Goodall, convencida de que la mejor forma de contribución está a nuestro alcance, en las pequeñas necesidades que encontramos alrededor.
EN 2021 publicó junto al escritor Douglas C. Abrams El libro de la esperanza, que trata precisamente esta idea de la científica sobre un camino conjunto y posible hacia la restauración natural. «Hay tantas razones para tener esperanza – afirma Goodall –. Los jóvenes son mi principal razón». Otras no menos presentes son la «resiliencia de la naturaleza», el «desarrollo explosivo de nuestro intelecto» (es decir, los avances que permite la ciencia día a día) y, por último, «el indomable espíritu humano, las personas que abordan lo que parece imposible y no se rinden, y muchas veces tienen éxito».






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